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jueves, 20 de enero de 2011

Prometedores futuros



A Aralba

Quizás la juventud y la ingenuidad cieguen y no dejen ver un futuro posiblemente aciago parido de un pasado temible. Es probable que la primera no haya respirado los aires del último y por tanto, cargada de inocencia, grite más de lo que pueden soportar sus cuerdas vocales. Temeridad e ignorancia puede que sean banderas de mañanas grises, que hoy se enarbolan sin conciencia de a quienes llaman y representan.

Pero…

Las palabras que no se dicen son espinas en el alma. Una vez dentro del baúl, no dejan de moverse… son ratones que carcomen todo lo que tienen alrededor hasta que se sacian. Su comida son nuestras ideas y sus vómitos nuestro alimento creativo.

El mañana se irá creando a medida que andamos, sin saber a donde van nuestros caminos, desconociendo las alternativas que vamos dejando atrás. El camino es el destino y como tal, si nos apartamos para recoger leña, esta se pudrirá alertándonos de que no deberíamos haberla cogido… puro karma.

El temor son las cadenas de la muerte con las que, ingenuamente, nos encadenamos a la vida, esperando una recompensa por esta atadura, mas la única recompensa es el vacío y la nulidad... enemigos de la vida misma.

La conciencia grita, levanta la voz y la mano, evoluciona sobre sí misma si se la ata. Necesita libertad. Ella vino y ella se irá… necesita pista donde tomar tierra. Necesita encarnarse en tinta corrida sobre un papel reciclado… necesita existir y darse a conocer… llamar la atención… mientras su subordinado carga con las consecuencias.

Por todo ello…

Bienvenidas todas aquellas ideas que quieran vivir, que por sí mismas crean la Verdad. Saludemos efusivamente a los guerreros de la pluma que han desterrado de si mismos a sus adláteres. Sonriamos a todas aquellas conciencias inquietas y necesitadas de expresar sus más altos convencimientos.

Que la palabra se libere de la carne.

Carlos Postigo

1 comentario:

  1. Ciertamente, la Juventud está plagada de vitalidad y en muchas ocasiones no deja distinguir hasta donde llega nuestro vehículo de carne y huesos. El Espíritu es inmenso y sobrepasa las posibilidades de los átomos que componen el cuerpo. La Consciencia es el oxígeno que alienta el incendio de la propia vida. Valentía yo diría ante un Mundo viejo y que no desea el cambio.

    El Don de la palabra está para poder comunicarnos sin frontera alguna; pero el mundo viejo no quiere escuchar ciertas cosas. Entonces las ideas bullen en nuestras mentes y se retuercen hasta que explotan como entidades vivas e independientes. Si no las dejamos salir para que cobren vida propia y respiren el aire que nosotros respiramos, nos matan.

    El destino lo auto-creamos a cada paso como dice la canción de Antonio Machado. No debemos volver la mirada hacia el pasado salvo que queramos convertirnos en estatuas de sal. No debemos recoger telares a nuestro paso y que carguen nuestros bolsillos hasta el punto de impedirnos levantar el vuelo. Debemos enfrentarnos ante el fin, que será el principio de lago nuevo, lo más ligeros de carga.

    El miedo nos paraliza hasta tal punto que nos impide andar el camino que desde tiempo inmemorial nos hemos impuesto. Pensamos que de ese modo podremos alimentar nuestros cuerpos, ansias y expectativas; pero lo cierto es que nos mantiene pasivos y alimentando a otros, como si de una res lechera se tratase. El movimiento es vida. La parálisis muerte.

    El Dios que vive dentro de nosotros, necesita aire para nacer y espacio para crecer y gobernar los mandos de su vehículo. Siempre la palabra; pero sobre todo la escrita desea llegar a otros, no para que la repitan como papagayos, sino para que haga las funciones de semilla que incite en otros el despertar de su propia consciencia.

    La Verdad, el Conocimiento en mayúsculas, se va formando como el camino; pero siempre huyendo de doctrinas y consejos exteriores. Hubo alguien que quiso ir hasta el fin del mundo para levantar el vuelo y marchar al cielo; pero por el camino a su túnica se iban pegando objetos que la gente quería mandar al mundo de los dioses. Cuando parecía que el tal había llegado a su destino, con gran pesar se puso a llorar, dado que tantas cosas inútiles llevaba encima que le fuera imposible despegar.

    El Verbo está condenado a convertirse en Dios, pues nunca dejó de serlo.


    Muchas gracias Carlos, por esta magnífica oportunidad.

    ARALBA

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