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lunes, 9 de mayo de 2011

Haikus Exquisitos


Paso mis días
Acercando mis labios
A tu eterno edén.

Residí cerca
De tus sueños perdidos.
Surgió la vida.

Vuelve el amor
A confundir mi mente
Entre mil dudas.

Uno más uno
No tienen porqué ser dos
Sino muchos más.

Desde tus ojos
Hasta el infinito, mas
Luego, nada.


Círculo de Lavapiés

sábado, 7 de mayo de 2011

Conciencia-Cristo


Hoy he visto morir a Cristo. Gritos desgarradores inundaban mi habitación de matrimonio y he decidido cerrar la ventana. Lágrimas preñadas de dolor surcaban su rostro mientras que su mirada se perdía alrededor de la imagen que reflejaba el espejo del armario. Las paredes volvían sus ojos hacia la calle, negando una realidad que supuraba la pus de la amargura.

Ha sido necesario sufrir para salvarse. El dolor de la muerte se asemejaba a la expulsión de una piedra en el riñón a través de la uretra. Con mis ojos he presenciado cómo este canto subía desde las entrañas, ascendiendo a lo largo de la garganta, se detenía un momento ante la duda y el miedo hasta que ha sido extraído con la fuerza de la vida el amor.

Lázaro resucitó por la voluntad de Dios y yo he levantado con mis propias manos su cuerpo resucitado. Le he lavado, le he velado hasta que ha abierto lo ojos y me ha dado las gracias por no haber soltado la cuerda en su agónica ascensión desde el Hades hasta la realidad.

Gracias al autosacrificio Cristo se ha salvado; queda dispuesto a absorber nuevos dolores por salvar el amor de todos, el suyo y el de su María Magdalena. Todos morimos en algún momento con muchos dolores, pero a semejanza a los del parto, son el preámbulo de una nueva vida, de salvación y de paz en nuestras conciencias.

Conciencia o Dios, Dios o Conciencia. La muerte de Dios solo puede generar la muerte de la Humanidad. Amor o Tao, Tao o Amor, jamás podremos dominar el Tiempo. La ignorancia sucumbe a la ideología.

James King

viernes, 6 de mayo de 2011

El Libro del Patio Amarillo - 18


Los Inmortales humanos y los adeptos del Tao
niegan la existencia de los dioses.
Acumulad vuestra esencia, amontonad vuestro aliento :
os convertiréis en reales.

Todos los hombres comen cereales
cediendo a los cinco sabores.
Sólo yo me alimento de los alientos
yin y yang de la armonía suprema.

No podré morir jamás,
como el cielo interminable.

jueves, 5 de mayo de 2011

Kaos Quántico - CONSPIRACION - Siniestros Hombres de Gris I



Mucha voluntad pusieron los hombres para subsistir; pero habían elegido, como líderes, a estúpidos incompetentes que les condujo hacia un suicidio inconsciente; aunque buscado.

Teresa (Experta en Pornografía aplicada)

*

11.-Siniestros Hombres de Gris

Roberto Beltrán se encuentra jadeando de cansancio. Hace frío y el vaho sale de su boca y orificios nasales; pero él no lo siente, sigue callejeando mientras su cerebro intenta pensar deprisa, más aprisa ¿Cómo va a salir de la ratonera que supone la Villa?

Sale de un callejón, mirando a ambos lados, esperando encontrar un automóvil negro. Un vehículo pasa cerca de él y lo sobresalta. De repente, comprueba como un deportivo rojo se abalanza sobre él, y lo peor de todo, da la impresión de que no va a detenerse. Sigue corriendo, jadea, ya no puede más. Está a punto de rendirse.
Una puerta se abre junto a su persona. No cabe duda de que lo han cazado. Ya no hay remedio.

—Roberto, sube de una vez —Escucha una conocida voz femenina.

—Tere, tú aquí ¿Cómo es eso? —Roberto no se lo pensó dos veces y montó en el automóvil junto a Teresa, la Sexicóloga.

—Hace un rato me llamó Petunia, diciéndome que tú necesitabas ayuda. No podía negarle un favor a una buena amiga como ella.

—Gracias a Dios que has aparecido, Teresa, no tenía forma de salir de aquí ¿Podrías llevarme hasta Madrid? Necesito reunirme con un viejo Amigo y entregarle algo de vital importancia.

— ¿Cómo me va a importar, Roberto, para algo estamos los amigos, o no? —Dijo, la Sexicóloga con una evidente expresión de enfado.

—Creo amigo Roberto —continuó —, que merezco alguna, pequeña, explicación. Espero que no me hayáis metido, entre tú y Petunia, en algún asunto ilegal grave.

—Sinceramente, querida, no tengo ni la más remota idea de, en lo que estoy metido. No sé si se trata de alguna organización ilegal o del propio gobierno; pero sí puedo decirte algo: La culpa la tiene la “Invasión de los Ladrones de Cuerpos”.

Roberto le explicó, con el mayor detalle posible en esas circunstancias, todo lo acontecido; pero en definitiva que ya desde los años cuarenta o cincuenta, el Ser Humano viene utilizando la tecnología para manipular a sus semejantes.

Nos creemos dueños de nuestras vidas y de nuestro destino; pero nada más lejos de ello. Desde que nacemos estamos censados por el Estado y como en la novela de Orwell, aquel tiene controlada nuestras vidas hasta el día de nuestra muerte.

—Mira Tere, Amor mío, no se trata de historias fantásticas o de ciencia—ficción. No son extraterrestres que se meten dentro de nosotros, por medio de vainas, y nos hacen cambiar la personalidad. Tampoco de máquinas que se han rebelado y tienen manipulada la percepción del Hombre, es mucho más sencillo que todo eso y sin embargo es tanto o más siniestro. Estamos siendo alienados desde hace un tiempo indeterminado, quizá mucho más de lo que podamos pensar; la cuestión es, que es ahora cuando los hemos descubierto.

— ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir Roberto?

—Claro que me doy cuenta. Te prometo que no estoy loco, puedo demostrártelo; de hecho puedo demostrárselo a...

—A cualquiera —interrumpió Teresa—; pero no me refería a eso. Has dicho la palabra mágica: ¡Amor mío!



Teresa dirigió el vehículo fuera del pueblo y tomó el camino de Colmenar Viejo. Su conducción era suave y de una prudencia encomiable. Las montañas quedaban a ambos lados y ya, con más tranquilidad, por lo menos por parte de Roberto Beltrán, pudieron mantener una conversación más personal.

Teresa era una Criatura soberbia. No era una mujer baja. Su tez morena era finamente ovalada y su cuerpo genéticamente casi perfecto había sido realzado, en el transcurso de los años, por una disciplina digna del mejor gimnasio. Su vestimenta, de color hueso, era de lo más sencilla. Un simple vestido de espeso lino, ocultado en parte, por una gabardina militar de color caqui.

Estaba claro que lo que menos le interesaba a la Sexicóloga era la circunstancia por la que estaba pasando ahora Roberto. A ella le importaban las cuestiones meramente personales.

—Mira Roberto, claro que creo lo que me has contado —volvió a hablar Teresa después de un brevísimo silencio— y, de hecho para eso estoy aquí, para ayudarte y llevarte donde quieras. Eso es todo.

—No, Querida Amiga, ahora soy yo el que ha entendido perfectamente. Soy consciente de que he dicho Amor mío, y es que te quiero de veras, aunque sé que tú solo cumples con tu trabajo. Claro que estoy enamorado de ti, perdóname por eso, o mejor dicho, no me perdones... ¿Qué tienes que perdonarme?

La Mujer sonrió, al ver en el aprieto en el que se había colocado, solito, su también Amado, Roberto.

—Mira —cambió su conversación Roberto como intentando olvidar sus últimas palabras—, este Objeto es de extrema importancia que llegue a manos de mi Amigo Armando Arpegio. He quedado con él en una cafetería de la Gran Vía. Esto es lo que puede salvar a la humanidad de seguir siendo esclava de sí misma. Esto es un prototipo —el objeto no era mucho mayor que un paquete de cigarrillos—, pero el Doctor Arpegio tiene una idea para desarrollarlo a millones, sin que se trate de teléfonos móviles, los cuales están ya demasiado manipulados por los propios fabricantes.

—Roberto, todo lo que me digas referente a este caso me importa un pimiento. Me interesa saber lo que tú sientes por mí, porque ¿Sabes una cosa?, yo también te quiero.

—Hace más de un mes que no me visitas —Reprochó Roberto.

—Hace justo ese tiempo que no solicitas mis servicios —desarmó ella su argumento—, mira, es cierto que soy una profesional y no fue fácil conseguir mi licencia. Primero me licencié en psicología, me doctoré en sexología aplicada y tengo un master, extremadamente caro, sobre masajes terapeúticos. Mi control médico anticonceptivo es exhaustivo y tengo acceso privilegiado al último antivenéreo que impide cualquier tipo de contagios. Me gusta mi trabajo, eso es todo, pero eso no me impide que sienta lo que siento por ti. ¿Necesitas alguna explicación más?

—Ninguna, Teresa, soy un tonto.

—Acaso ¿me quieres en exclusiva?, porque si es así tendrás que seguir pagando por mis servicios y de hecho, pienso ponértelo más caro que a nadie.

—No, no es eso Teresa, te lo juro, no soy celoso, de veras que no; solo que no sabía como decirte que te amo de veras. Consideraba que no me ibas a creer ¿Cómo, a estas alturas, alguien pueda ser tan romántico como para enamorarse de su sexicóloga particular? No sé, siempre me han faltado palabras para decírtelo; quizá tenía miedo de que te rieses de mí y me rechazaras pero pase lo que pase no quiero que dejes de saberlo: Te quiero y te deseo más que a mi propia Vida.

—Jodio tonto, con la de años que llevamos juntos. Ya te he dicho que te quiero, supongo que ¿es necesario que te lo repita?

Roberto abrazó a su amada Teresa, y como un niño se acurrucó junto a uno de sus brazos, mientras ella seguía conduciendo por la carretera de montaña, y cuyos diversos paisajes cargados de smog no dejaban de pasar ante los iluminados ojos de ambos.

*

miércoles, 4 de mayo de 2011

Carta Magna


Juan, por la gracia de Dios Rey de Inglaterra, Lord de Irlanda, Duque de Normandía y Aquitania y Conde de Anjou, a sus arzobispos, obispos, abades, condes, barones, jueces, gobernadores forestales, corregidores, mayordomos y a todos sus bailíos y vasallos, salud.

Todos que ante Dios, para bien de nuestra alma y de la de nuestros antepasados y herederos, en loor a Dios y para mayor gloria de la Santa Iglesia, y la mejor ordenación de nuestro Reino, por consejo de nuestros reverendos padres Esteban, arzobispo de Canterbury, primado de toda Inglaterra y cardenal de la Santa Iglesia Romana; Enrique, arzobispo de Dublin; Guillermo, obispo de Londres; Pedro, obispo de Winchester; Jocelino, obispo de Bath y Glastonbury; Hugo, obispo de Lincoln; Walter, obispo de Coventry; Benedicto, obispo de Rochester; Maestro Pandolfo, subdiácono y miembro de la casa papal; Hermano Aimerico, maestre de los caballeros templarios en Inglaterra; Guillermo Marshall, conde de Pembroke; Guillermo, conde de Salisbury; Guillermo, conde de Warren; Guillermo, conde de Arundel; Alan de Galloway, condestable de Escocia; Warin Fitz Gerald; Pedro Fitz Herbert; Huberto de Burgh, senescal del Poitou; Hugo de Neville; Mateo Fitz Herbert; Tomas Basset; Alan Basset; Felipe Daubeny; Roberto de Roppeley; Juan Marshall; Juan Fitz Hugh y otros leales vasallos:

Primero, que hemos otorgado en el nombre de Dios, y por la presente Carta hemos confirmado para Nos y nuestros herederos a perpetuidad que la Iglesia inglesa sea libre, conserve todos sus derechos y no vea menoscabadas sus libertades. Que así queremos que sea observado resulta del hecho de que por nuestra libre voluntad, antes de surgir la actual disputa entre Nos y Nuestros barones, concedimos y confirmamos por carta la libertad de las elecciones eclesiásticas (un derecho que se reputa como el de mayor necesidad e importancia para la Iglesia) y la hicimos confirmar por el Papa Inocencio III. Esta libertad es la que Nos mismos observaremos y la que deseamos sea observada de buena fe por nuestros herederos para siempre jamás.

A todos los hombres libres de nuestro reino hemos otorgado asimismo, para Nos y para nuestros herederos a titulo perpetuo, todas las libertades que a continuación se enuncian, para que las tengan y posean de Nos y de nuestros herederos para ellos y los suyos:
Si fallece algún conde, barón u otra persona que posea tierras directamente de la Corona, con destino al servicio militar, y a su muerte el heredero fuese mayor de edad y debiera un “censo”, dicho heredero entrara en posesión de la herencia al pagar la antigua tarifa del “censo”, es decir, el o los herederos de un conde pagaran 100 (cien) libras por toda la baronía del conde, los herederos de un caballero 100 (cien) chelines como máximo por todo el “feudo” del caballero, y cualquier hombre que deba menor cantidad pagara menos, con arreglo a la usanza antigua de los “feudos”.
Pero si el heredero de esa persona fuese menor de edad y estuviese bajo tutela, cuando alcance la mayoría de edad entrara en posesión de su herencia sin tener que pagar “censo” o derecho real.

Quien tenga a su cargo la tierra de un heredero menor de edad sólo sacará de ella frutos, las rentas usuales y servicios personales, debiéndolo hacer sin destrucción ni daño alguno a los hombres ni a los bienes. En caso de que hayamos confiado la custodia de la tierra a un corregidor o a cualquier persona responsable ante Nos por el producto de aquella, y perpetrase una destrucción o daños, le exigiremos compensación y la tierra será encomendada a dos hombres dignos y prudentes del mismo feudo, que responderán ante Nos del producto o ante la persona que les asignemos. En caso de que hayamos conferido o vendido a alguien la custodia de esa tierra y de que esa persona cause destrucción o daños, perderá la custodia y el terreno será entregado a dos hombres dignos y prudentes del mismo “feudo”, que serán responsables de modo semejante ante Nos.

Mientras el tutor tenga la custodia de estas tierras, mantendrá las casas, sotos, cotos de pesca, estanques, molinos y demás pertenencias con cargo al producto de la propia tierra.

Cuando el heredero llegue a la mayoría de edad, el tutor le hará entrega de todo el predio, surtido con los arados y aperos que la estación requiera y acrecido en el producto que la tierra buenamente sea capaz de dar.

Los herederos podrán ser dados en matrimonio, pero no a alguien de inferior rango social. Antes de que se celebre el casamiento, se avisara a los parientes mas próximos del heredero.

A la muerte del marido toda viuda podrá entrar en posesión de su dote y de su cuota hereditaria inmediatamente y sin impedimento alguno. No tendrá que pagar nada por su dote, por presentes matrimoniales o por cualquier herencia que su marido y ella poseyesen conjuntamente el día de la muerte de aquel, y podrá permanecer en la casa de su marido cuarenta días tras la muerte de este, asignándosele durante este plazo su dote.
Ninguna viuda será obligada a casarse mientras desee permanecer sin marido. Pero deberá dar seguridades de que no contraerá matrimonio sin el consentimiento regio, si posee sus tierras con cargo a la Corona, o sin el consentimiento del señor a quien se las deba.

Ni Nos ni nuestros bailíos ocuparemos tierras ni rentas de la tierra en pago de deuda alguna, mientras el deudor tenga bienes muebles suficientes para satisfacer el debito. Los fiadores del deudor no serán apremiados mientras el deudor mismo pueda pagar la deuda. Si por falta de medios el deudor fuese incapaz de satisfacerla, saldrán responsables sus fiadores, quienes, si lo desean, podrán incautarse de las tierras y rentas del deudor hasta que obtengan el reembolso del debito que le hayan pagado, a menos que el deudor pueda probar que ha cumplido sus obligaciones frente a ellos.

Si alguien que haya tomado prestada una suma de dinero a judíos, muriese antes de haberse pagado la deuda, su heredero no pagara interés alguno sobre esta mientras sea menor de edad, sea quien fuere la persona a la que deba la posesión de sus tierras.

Si la deuda viniese a parar a manos de la Corona, esta no recabara mas que la suma principal indicada en el titulo.

Si un hombre muere debiendo dinero a judíos, su mujer podrá entrar en posesión de la dote y no estará obligada a pagar cantidad alguna de la deuda con cargo a aquella. Si deja hijos menores de edad, se podrá proveer a su sustento en una medida adecuada al tamaño de la tierra poseída por el difunto. La deuda deberá ser satisfecha con cargo al remanente, después de ser reservado el tributo debido a los señores del feudo. Del mismo modo se trataran las deudas que se deban a los no judíos.

No se podrá exigir “fonsadera” ni “auxilio” en nuestro Reino sin el consentimiento general, a menos que fuere para el rescate de nuestra persona, para armar caballero a nuestro hijo primogénito y para casar (una sola vez) a nuestra hija mayor. Con este fin solo se podrá establecer un “auxilio” razonable y la misma regla se seguirá con las “ayudas” de la ciudad de Londres.

La ciudad de Londres gozará de todas sus libertades antiguas y franquicias tanto por tierra como por mar. Asimismo, queremos y otorgamos que las demás ciudades, burgos, poblaciones y puertos gocen de todas sus libertades y franquicias.

Para obtener el consentimiento general al establecimiento de un “auxilio” (salvo en los tres casos arriba indicados) o de una “fonsadera” haremos convocar individualmente y por carta a los arzobispos, obispos, abades, duques y barones principales. A quienes posean tierras directamente de Nos haremos dirigir una convocatoria general, a través de los corregidores y otros agentes, para que se reúnan un día determinado (que se anunciara con cuarenta días, por lo menos, de antelación) y en un lugar señalado. Se hará constar la causa de la convocatoria en todas las cartas de convocación. Cuando se haya enviado una convocatoria, el negocio señalado para el día de la misma se tratara con arreglo a lo que acuerden los presentes, aun cuando no hayan comparecido todos los que hubieren sido convocados.

En lo sucesivo no permitiremos que nadie exija “ayuda” a alguno de sus vasallos libres salvo para rescatar su propia persona, para armar caballero a su hijo primogénito y para casar (una vez) a su hija mayor. Con estos fines únicamente se podrá imponer una “ayuda” razonable.

Nadie vendrá obligado a prestar mas servicios para el “feudo” de un caballero o cualquier otra tierra que posea libremente, que lo que deba por este concepto.
Los litigios ordinarios ante los Tribunales no seguirán por doquier a la corte real, sino que se celebraran en un lugar determinado.

Solo podrán efectuarse en el tribunal de condado respectivo las actuaciones sobre “desposesión reciente”, “muerte de antepasado” y “ultima declaración”. Nos mismo, o en nuestra ausencia en el extranjero nuestro Justicia Mayor, enviaremos dos jueces a cada condado cuatro veces al año, y dichos jueces, con cuatro caballeros del condado elegidos por el condado mismo, celebraran los juicios en el tribunal del condado, el día y en el lugar en que se reúna el tribunal.

Si no pudiese celebrarse audiencia sobre algún caso en la fecha del tribunal de condado, se quedaran allí tantos caballeros y propietarios de los que hayan asistido al tribunal, como sea suficiente para administrar justicia, atendida la cantidad de asuntos que se hayan de ventilar.

Por simple falta un hombre libre será multado únicamente en proporción a la gravedad de la infracción y de modo proporcionado por infracciones mas graves, pero no de modo tan gravoso que se le prive de su medio de subsistencia. Del mismo modo, no se le confiscará al mercader su mercancía ni al labrador los aperos de labranza, en caso de que queden a merced de un tribunal real. Ninguna de estas multas podrá ser impuesta sin la estimación de hombres buenos de la vecindad.

Los duques y barones serán multados únicamente por sus pares y en proporción a la gravedad del delito.

Toda multa impuesta sobre bienes temporales de un clérigo ordenado se calculará con arreglo a los mismos principios, excluido el valor del beneficio eclesiástico.

Ninguna ciudad ni persona será obligada a construir puentes sobre ríos, excepto las que tengan de antiguo la obligación de hacerlo.

Ningún corregidor, capitán, alguacil o bailío podrá celebrar juicios que competan a los jueces reales.

Todos los condados, partidos, subcondados y aldeas conservaran su renta antigua, sin incremento alguno, excepto las fincas del patrimonio real.

Si a la muerte de un hombre que posea un “feudo” de realengo, un corregidor o bailío presentase cartas patentes de cobro de deudas a la Corona, será licita la ocupación e inventario por aquel de los bienes muebles que se encuentren en el feudo de realengo del difunto, hasta el importe de la deuda, según estimación hecha por hombres-buenos.

No se podrá retirar bien alguno mientras no se haya pagado la totalidad de la deuda y entregado el remanente a los albaceas para que cumplan la voluntad del difunto. Si no se debiese suma alguna a la Corona, todos los bienes muebles se consideraran como propiedad del finado, excepto las partes razonables de su esposa y sus hijos.

Si un hombre libre muere sin haber hecho testamento, sus bienes muebles serán distribuidos a sus parientes mas próximos y a sus amigos, bajo la supervisión de la Iglesia, si bien serán salvaguardados los derechos de sus deudores.

Ningún capitán ni bailío nuestro tomará grano u otros bienes muebles de persona alguna sin pagarlos en el acto, a menos que el vendedor ofrezca espontáneamente el aplazamiento del cobro.

Ningún capitán podrá obligar a un caballero a pagar suma alguna de dinero por la guardia de castillos si el caballero esta dispuesto a hacer la guardia en persona o, dando excusa justificada, a prestar hombres aptos para que la hagan en su lugar. Todo caballero requerido o enviado a un servicio de armas estará exento de la guardia de castillos durante el periodo del servicio.

Ningún corregidor, bailío u otra persona podrá tomar de un hombre libre caballos o carros para el transporte sin el consentimiento de aquél.

Ni Nos ni nuestros bailíos llevaremos leña para nuestro castillo o para otra finalidad sin el consentimiento del dueño.

No retendremos en nuestras manos las tierras de personas condenadas por traición más de un año y un día, después de lo cual serán devueltas a los señores del “feudo” respectivo.

Se quitarán todas las empalizadas de pesca del Támesis, del Medway y de toda Inglaterra, excepto las construidas a orillas del mar.

No se expedirá en lo sucesivo a nadie el requerimiento llamado “precipe” respecto a la posesión de tierras, cuando la expedición del mismo implique la privación para algún hombre libre del derecho a ser juzgado por el tribunal de su propio señor.

Habrá patrones de medida para el vino, la cerveza y el grano (el cuarto londinense) en todo el Reino, y habrá también un patrón para la anchura de las telas teñidas, el pardillo y la cota de malla, concretamente dos varas entre las orlas. Del mismo modo habrán de uniformarse los pesos.

En lo sucesivo no se pagará ni se aceptará nada por la expedición de un auto de investigación de vida y bienes, el cual se otorgará gratis y no podrá ser denegado.
Si un hombre posee tierras de realengo a título de “feudo en renta perpetua”, de “servicios” o de “renta anual” y posee asimismo tierras de otra persona en concepto de servicio de caballería, no asumiremos la tutela de su heredero ni de la tierra que pertenezca al “feudo” de la otra persona en virtud de la “renta perpetua”, de los “servicios” o de la “renta anual”, a menos que el “feudo en renta perpetua” este sujeto a servicio de caballería. No asumiremos la tutela del heredero de un hombre ni la guardia de la tierra que ese hombre poseyera de manos de otro por el hecho de que detente pequeñas propiedades de la Corona a cambio de un servicio de caballeros o arqueros o de índole análoga.

En lo sucesivo ningún bailío llevara a los tribunales a un hombre en virtud únicamente de acusaciones suyas, sin presentar al mismo tiempo a testigos directos dignos de crédito sobre la veracidad de aquellas.

Ningún hombre libre podrá ser detenido o encarcelado o privado de sus derechos o de sus bienes, ni puesto fuera de la ley ni desterrado o privado de su rango de cualquier otra forma, ni usaremos de la fuerza contra el ni enviaremos a otros que lo hagan, sino en virtud de sentencia judicial de sus pares y con arreglo a la ley del reino.

No venderemos, denegaremos ni retrasaremos a nadie su derecho a la justicia.
Todos los mercaderes podrán entrar en Inglaterra y salir de ella sin sufrir daño y sin temor, y podrán permanecer en el reino y viajar dentro de el, por vía terrestre o acuática, para el ejercicio del comercio, y libres de toda exacción ilegal, con arreglo a los usos antiguos y legítimos. Sin embargo, no se aplicara lo anterior en época de guerra a los mercaderes de un territorio que este en guerra con nosotros. Todos los mercaderes de ese territorio hallados en nuestro reino al comenzar la guerra serán detenidos, sin que sufran daño en su persona o en sus bienes, hasta que Nos o nuestro Justicia Mayor hayamos descubierto como se trata a nuestros comerciantes en el territorio que este en guerra con nosotros, y si nuestros comerciantes no han sufrido perjuicio, tampoco lo sufrirán aquellos.

En lo sucesivo todo hombre podrá dejar nuestro reino y volver a el sin sufrir daño y sin temor, por tierra o por mar, si bien manteniendo su vinculo de fidelidad con Nos, excepto en época de guerra, por un breve lapso y para el bien común del Reino. Quedaran exceptuadas de esta norma las personas que hayan sido encarceladas o puestas fuera de la ley con arreglo a la ley del Reino, las personas de territorios que estén en guerra con Nos y los mercaderes, que serán tratados del modo indicado anteriormente.

Si algún hombre poseyera tierras de “reversión”, tales como el “honor” de Wallington, Nottingham, Boulogne, Lancaster o de otras “reversiones” en nuestro poder que sean baronías, a la muerte de aquel su heredero nos pagara únicamente el “derecho de sucesión” y el servicio que habría tenido que pagar al barón en el caso de que la baronía se hubiese hallado en manos de este, y Nos retendremos lo “revertido” del mismo modo que lo tenia el barón.

Las personas que vivan fuera de los bosques no estarán obligadas en lo sucesivo a comparecer ante los jueces reales forestales en virtud de requerimientos generales, a menos que se hallen efectivamente implicadas en actuaciones o sean fiadores de alguien que haya sido detenido por un delito forestal.

No nombraremos jueces, capitanes, corregidores ni bailíos sino a hombres que conozcan las leyes del Reino y tengan el propósito de guardarlas cabalmente.

Todos los barones que hayan fundado abadías y que tengan cartas patentes de reyes de Inglaterra o posesión de antiguo en prueba de ellos podrán ejercer el patronato de aquellas cuando estén vacantes, como en derecho les corresponde.

Todos los bosques que se hayan plantado durante nuestro reinado serán talados sin demora, y lo mismo se hará con las orillas de los ríos que hayan sido cercadas durante nuestro reinado.

Todos los malos usos en materia de bosques y cotos de caza, guardabosques, guardacotos, corregidores y sus bailíos, o de orillas de ríos por guardianes de estas, deberán ser inmediatamente objeto de investigación en cada condado por doce caballeros juramentados del propio condado, y antes de cumplirse los cuarenta días de la investigación esos malos usos deberán ser abolidos total e irrevocablemente, si bien Nos, y de no estar Nos en Inglaterra Nuestra Justicia Mayor, deberemos ser informados primero.

Devolveremos inmediatamente todos los rehenes y cartas que nos han sido entregados por los ingleses como garantía de paz o de lealtad en el servicio.

Separaremos completamente de sus cargos a los parientes de Gerardo de Athee, quienes no podrán en lo sucesivo ejercer cargos en Inglaterra. Las personas en cuestión son Engelardo de Cigogne, Pedro Guy y Andrés de Chanceaux, Guy de Ggogne, Godofredo de Martigny y sus hermanos. Felipe Marc y sus herederos hermanos, con Godofredo, su sobrino, y todos sus seguidores.

Tan pronto como se restablezca la paz, expulsaremos del reino a todos los caballeros y arqueros extranjeros, a sus servidores y a los mercenarios que hayan entrado con daño para el reino, con sus caballos y sus armas.

A quien hayamos privado o desposeído de tierras, castillos, libertades o derechos sin legítimo juicio de sus pares se los devolveremos en el acto. En casos litigiosos el asunto será resuelto por el juicio de los veinticinco barones a que se refiere mas adelante la cláusula de garantía de la paz. En el supuesto, sin embargo, de que algún hombre haya sido privado o desposeído de algo que este fuera del ámbito legitimo de enjuiciamiento de sus pares por nuestro padre el Rey Enrique o nuestro hermano Ricardo, y que permanezca en nuestras manos o este en posesión de terceros por concesión nuestra, tendremos una moratoria por el periodo generalmente concedido a los Cruzados, a menos que estuviese pendiente un litigio judicial o que se hubiese entablado una indagación por orden nuestra, antes de que tomáramos la Cruz en calidad de Cruzados. A nuestro regreso de la Cruzada o, si desistimos de ella, haremos inmediatamente justicia por entero.

Tendremos derecho a la misma moratoria en la administración de justicia relacionada con los bosques que hayan de ser talados o permanecer como tales, cuando estos hayan sido originariamente plantados por nuestro padre Enrique o nuestro hermano Ricardo; con la guardia de tierras que pertenezcan a “feudo” de un tercero, en el supuesto de que la hayamos ejercido hasta ahora en virtud de algún “feudo” concedido por Nos a un tercero a cambio de servicios de caballería, y con las abadías fundadas en “feudos” de terceros en las cuales el señor del “feudo” reivindique un derecho propio. En estas materias haremos entera justicia a los recursos cuando regresemos de la Cruzada o inmediatamente si desistimos de ella.

Nadie será detenido o encarcelado por denuncia de una mujer por motivo de la muerte de persona alguna, salvo el mando de aquella.

Todas las multas que se nos hayan pagado injustamente y contra la ley del reino, y todas las multas que hayamos impuesto sin razón, quedan totalmente remitidas o bien serán resueltas por sentencia mayoritaria de los veinticinco varones a que se refiere mas adelante la cláusula de salvaguardia de la paz, así como de Esteban, arzobispo de Canterbury, si pudiere asistir, y cuantos otros quiera el traer consigo. Si el arzobispo no puede asistir, continuaran las actuaciones sin el, pero si uno cualquiera de los veinticinco barones fuere parte en el litigio, no se tendrá en cuenta su juicio y se elegirá y tomara juramento a otro en su lugar, como suplente para la materia en cuestión, por el resto de los veinticinco.

En caso de que hayamos privado o desposeído a algún galés de tierras, libertades o cualquier otro bien en Inglaterra o en Gales, sin legitima sentencia de sus pares, aquellas le serán devueltas sin demora. Todo litigio en la materia será dirimido en las Marcas mediante sentencia de los pares de la parte. Se aplicara la ley inglesa a las tierras que se posean en Inglaterra, la ley galesa a las que posean en Gales y la de las Marcas a las que se posean en las Marcas. Los galeses nos trataran a Nos y a los nuestros de la misma manera.

En caso de que un galés haya sido privado o desposeído de algo, sin haber mediado legitima sentencia de sus pares, por nuestro padre el Rey Enrique o nuestro hermano el Rey Ricardo y el bien en cuestión permanezca en nuestro poder o este en posesión de terceros por concesión nuestra, tendremos moratoria por el lapso generalmente reconocido a los Cruzados, a menos que estuviese ya pendiente algún litigio judicial o se hubiese entablado una indagación por orden nuestra, antes de tomar Nos la Cruz como Cruzado, pero a nuestro regreso de la Cruzada o de modo inmediato si desistimos de ella, haremos plenamente justicia con arreglo a las leyes de Gales y de dichas regiones.

Devolveremos en seguida al hijo de Llyvelyn, a todos los rehenes galeses y las cartas que se nos hayan entregado en garantía de la paz.

Respecto a la devolución de las hermanas y rehenes de Alejandro, Rey de Escocia, y de los derechos y libertades de este, le trataremos del mismo modo que nuestros demás barones de Inglaterra, a menos que resulte de las cartas que nos concedió su padre Guillermo, anteriormente Rey de Escocia, que deba ser tratado de otro modo. Esta materia será dirimida por el juicio de sus pares en nuestro tribunal.

Todas las franquicias y libertades que hemos otorgado serán observadas en nuestro reino en cuanto se refiera a nuestras relaciones con nuestros súbditos. Que todos los hombres de nuestro reino, sean clérigos o legos, las observen de modo semejante en sus relaciones con sus propios vasallos.

Por cuanto hemos otorgado todo lo que antecede por Dios, por la mejor gobernación de nuestro Reino y para aliviar la discordia que ha surgido entre Nos y nuestros barones, y por cuanto deseamos que esto sea disfrutado en su integridad, con vigor para siempre, damos y otorgamos a los barones la garantía siguiente:

Los barones elegirán a veinticinco entre ellos para que guarden y hagan cumplir con todo el poder que tengan, la paz y las libertades otorgadas y confirmadas para ellos por la presente Carta. Si Nos, nuestro Justicia Mayor, nuestros agentes o cualquiera de nuestros bailíos cometiese algún delito contra un hombre o violase alguno de los artículos de paz o de la presente garantía, y se comunicase el delito a cuatro de los citados veinticinco barones, los informados vendrán ante Nos (o en ausencia nuestra del reino, ante el Justicia Mayor) para denunciarlo y solicitar reparación inmediata.
Si Nos, o en nuestra ausencia del Reino el Justicia Mayor, no diéramos reparación dentro de los cuarenta días siguientes, contados desde aquel en que el delito haya sido denunciado a Nos o a el. Los cuatro barones darán traslado del caso al resto de los veinticinco, los cuales podrán usar de apremio contra Nos y atacarnos de cualquier modo, con el apoyo de toda la comunidad del Reino, apoderándose de nuestros castillos, tierras, posesiones o cualquier otro bien, excepto nuestra propia persona y las de la reina y nuestros hijos, hasta que consigan efectivamente la reparación que hayan decretado. Una vez obtenida satisfacción, podrán volver a someterse a la normal obediencia a Nos.

Todo hombre que lo desee podrá prestar juramento de obedecer las órdenes de los veinticinco barones para la consecución de estos fines y de unirse a ellos para acometernos en toda la medida de su poder. Damos permiso solemne e irrestricto de prestar dicho juramento a cualquier hombre que así lo desee y en ningún momento prohibiremos a nadie que lo preste; mas aun, obligaremos a cualquiera de nuestros súbditos que no quiera prestarlo a que lo preste por orden nuestra.

Si alguno de los veinticinco barones muere o abandona el país o se ve impedido por otra razón de ejercitar sus funciones, los restantes elegirán a otro barón en su lugar, según su libre arbitrio, y el elegido prestara el mismo juramento que los demás.

En caso de discrepancia entre los veinticinco barones sobre cualquier asunto que se haya sometido a su decisión, el juicio de la mayoría presente tendrá la misma validez que un pronunciamiento unánime de los veinticinco, tanto si estos estuviesen todos presentes como si alguno de los convocados estuviera impedido de comparecer o no hubiera querido hacerlo.

Los veinticinco barones juraran obediencia fiel a los artículos anteriores y harán que sean cumplidos por los demás en la medida del poder que tengan.

No intentaremos conseguir de nadie, ya por acción nuestra ya por medio de terceros, cosa alguna por la cual una parte de estas concesiones o libertades pueda quedar revocada o mermada. Si se consiguiese semejante cosa, se tendrá por nula y sin efecto y no haremos uso de ella en ningún momento, ni personalmente ni a través de terceros.

Hemos condonado y perdonado por completo a todos cualquier intención torticera, daño y agravio que haya podido surgir entre Nos y nuestros súbditos, ya sean clérigos o legos, desde el comienzo de la disputa. Además, hemos remitido totalmente, y por nuestra parte hemos perdonado también, a cualesquiera clérigos y legos todos los delitos cometidos como consecuencia de la citada disputa entre la Pascua del decimosexto año de nuestro reinado y la restauración de la paz.

Hemos ordenado asimismo cursar cartas patentes para los barones en testimonio de la presente garantía y de las concesiones indicadas anteriormente, con los sellos de Esteban, arzobispo de Canterbury; Enrique, arzobispo de Dublin, los demás obispos arriba mencionados y el Maestro Pandolfo.

En consecuencia, es nuestro real deseo y nuestra real orden que la Iglesia de Inglaterra sea libre y que todos los hombres en nuestro Reino tengan y guarden todas estas libertades, derechos y concesiones legítima y pacíficamente en su totalidad e integridad para sí mismos y para sus herederos, en cualesquiera asuntos y lugares y para siempre.

Tanto Nos como los barones hemos jurado que todo esto se observara de buena fe y sin engaño alguno, de lo cual son testigos las personas antedichas y muchas otras.

Dado de nuestro puño y letra en el prado que se llama Runnymede, entre Windsor y Staines, el día decimoquinto del mes de junio del decimoséptimo año de nuestro reinado.

martes, 3 de mayo de 2011

20 Poemas de Amor y Una Canción Desesperada - Pablo Neruda 15


Me gustas cuando callas porque estas como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece qué un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.


Fotografía de cabecera: Fotomontaje sobre una foto de Hein Rich

domingo, 1 de mayo de 2011

¿Qué es la fe?


P. ¿Qué es la fe?

R. Lo que usted quiera. Cada persona es diferente. El objeto de la fe es diferente para cada persona. Cada uno debe conocer por sí mismo el objeto de su fe. Debe creer en lo que más le impresione. Yo no puedo decirlo ni decidirlo objetivamente.

Este punto es importante. En casi todas las religiones se dice: “Debéis creer en esto, debéis creer aquello, en Dios, en Buda”. Yo no estoy de acuerdo. Debéis encontrar en vosotros mismos el objeto de vuestra fe. Las religiones pueden acompañarnos al borde del río, pero no pueden beber por vosotros ni obligaros a beber. Es un problema subjetivo. Por eso le he respondido: ”¡Lo que usted quiera!”. Lo más importante es creer. Creer en lo más elevado, en lo último. ¿Qué es lo verdadero? La sabiduría del cerebro debe decidir.

Dios, Buda, la cruz… Generalmente se cree según los genes, según la herencia, la educación, el medio familiar, los hábitos corporales. Pero en definitiva…

El perro sigue a su amo, cuando le ve olvida todo el resto. Su cerebro cambia. Es fiel, cree en su amo. Es así. Un amor profundo es importante en la fe.

Yo no puedo decidir por usted sobre la fe última. Usted mismo debe decidir. No se trata solamente de la forma. Yo soy monje Zen y, como Dogen, Nagarajuna, creo en el kesa dado por Buda. Es una transmisión eterna. Si quiere tener fe en Buda, puede hacerlo. Yo no puedo decidir por usted. Debe encontrar la respuesta por sí mismo.

P. ¿Hay que abandonar la religión propia para seguir el Zen?

R. Como usted quiera. Usted mismo debe elegir. Debe usted buscar la esencia, aquí y ahora, y decidir lo que es importante para usted. ¿Cuál es la solución a sus problemas?

Demasiado a menudo las religiones son solo decorado. Hay que conocer los textos, las reglas, las ceremonias. Pero todo eso no es importante. Las religiones y las filosofías son demasiado imaginativas, por eso se debilitan. Debéis acabar con ese decorado y buscar lo realmente importante. Debéis encontrar la verdadera esencia de todas las religiones.

Extracto del libro: “Preguntas a un maestro zen” – Taisen Deshimaru